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15 febrero 2017 3 15 /02 /febrero /2017 11:06

El historiador húngaro-argentino Tomás Várnagy analiza en «Proletarios de todos los países... ¡Perdonadnos!» cómo el humor fue mucho más que un desahogo en la URSS

Chodorowski dibujó el Palacio de Cultura con aspas de molino de viento en «Ruszczyc» (1994)

Chodorowski dibujó el Palacio de Cultura con aspas de molino de viento en «Ruszczyc» (1994)

Por: Silvia Nieto

Madrid/ 15-2-2017

 

El debate sobre las causas que provocaron la desaparición de la Unión Soviética se presta a tantas discusiones sobre los motivos que originaron la Primera Guerra Mundial. A las explicaciones clásicas sobre las políticas aperturistas instigadas por Gorbachov o sobre la durísima presión ejercida por Reagan desde Estados Unidos se une ahora la propuesta de Tomás Várnagy (Buenos Aires, 1950). En «Proletarios de todos los países… ¡perdonadnos!» (Clave Intelectual, 2016), este historiador húngaro-argentino estudia si el humor político, en concreto los chistes, contribuyeron a dinamitar al gigante soviético, desaparecido en diciembre de 1991.

—Su libro se titula «Proletarios de todos los países... ¡Perdonadnos!», como rezaban algunas pancartas en las calles de los países comunistas en 1989. ¿Por qué pedían perdón?

Por lo que hizo el estalinismo durante varias décadas en la ex Unión Soviética: el sufrimiento, la persecución, la cárcel y la muerte de miles de personas. Eso es lo que, en nombre del marxismo, hizo la URSS.

—Las cosas habían cambiado mucho en 1989 para hacer posible una pancarta así.

Cuando cae el Muro de Berlín, en muchos de esos países comenzó un periodo de libertad. Cuando los húngaros desarmaron el telón de acero entre Hungría y Austria, miles de alemanes orientales, que estaban de vacaciones en el lago Balatón, comenzaron a escaparse a través de esa frontera. Hasta ese momento, no solo no había libertad de expresión, sino tampoco para irse. Cuando hubo esa libertad, se pudo protestar contra el régimen.

Entre los historiadores, no es muy común estudiar el humor, la risa.

Porque el humor, lo cómico y el chiste no son algo serio, y por lo general los académicos, los profesores universitarios y los investigadores tienden a serlo. Nombrar el humor o la risa como estudios académicos ha sido poco común hasta estas últimas décadas, cuando en los países anglosajones ha comenzado a haber una investigación acerca de estos temas. Ahora hay congresos y jornadas cada vez más frecuentes.

—¿Por qué decidió estudiar este tema?

Por ser húngaro y por interesarme la teoría política y el pensamiento de Marx. En América Latina, en la década del 60, del 70, hubo un gran interés entre las generaciones de jóvenes por el marxismo y el comunismo. Cuando estudiaba Filosofía en la universidad de los 70, comentaba que tenía un tío en Hungría al que no le dejaban salir del país. Mis compañeros de izquierda me decían que eso era propaganda del imperialismo. Esas incongruencias me llevaron a esto.

Durante muchos años, di un seminario sobre la aplicación del estalinismo en la Europa central y oriental. Mientras lo explicaba, lo iba mechando con chistes. Tuve la suerte de conocer todos los países comunistas, de charlar con la gente, y siempre me contaban algún chiste que anotaba en servilletas, en papelitos, en libretas. Si vienes a mi biblioteca, en la última página de los libros siempre anoto donde aparece algún chiste sobre estos regímenes. Así fue como los fui coleccionando durante muchos años.

—Usted era más crítico porque tenía un testimonio directo.

Igual que aquí hubo mucha idealización sobre la URSS, allí la hubo sobre los Estados Unidos o el capitalismo. Cuando cayó la URSS y se pasó de un régimen comunista al capitalismo salvaje, se empezó a hablar de la nostalgia: si antes tenían garantizadas la educación y la salud, mal pero garantizadas, ahora, en muchos de esos lugares, la gente se ha quedado fuera del sistema.

—¿Qué poder tiene la risa?

Siempre cito la frase de George Orwell: «Un chiste es como una pequeña revolución». A ninguna persona que esté en una posición alta, sea político, millonario o alguien con poder, le gusta que se rían de él. La risa lo que hace es desmitificar y poner el mundo patas arriba.

—Y, ¿qué aspectos nos puede explicar sobre una sociedad? ¿Está sujeta al paso del tiempo?

En la Biblia prácticamente no hay risa, no hay humor, no hay chistes. La única vez que se ríe, en el Antiguo Testamento, es para burlarse de otros. La risa, de acuerdo con la Biblia, es para los necios.

En cada momento histórico hubo una postura acerca de lo que es la risa, el humor, y sobre por qué nos reímos. Si miramos o leemos chistes de hace un siglo atrás, es posible que no nos hagan mucha gracia, porque en cada época y tiempo cambia la perspectiva.

Platón la critica, por ejemplo.

Platón estaba en contra del humor porque decía que hacía perder la sabiduría. Y si te fijas en «La República», está en contra de los poetas, porque los poetas hablan mal de los dioses. Hace referencia a Homero.

Todas las ideas del mundo sensible y del mundo inteligible de Platón sirvieron como inspiración al cristianismo, especialmente a través de San Agustín, que sentó las bases de su pensamiento. Posteriormente fue modificado por Santo Tomás de Aquino, cuya influencia principal fue Aristóteles.

Con Platón, San Agustín y el cristianismo medieval, la risa fue dejada de lado, mientras que para Aristóteles no era algo malo. Aristóteles consideraba que había que tener una risa que fuera un punto medio, que no fuera ni la del bufón ni la del rústico que no se ríe de nada. Eso lo rescató Santo Tomás en el siglo XIII.

—En su libro señala que hay varias teorías sobre el origen del humor. ¿Cuáles son?

Hay tres principales: la de la superioridad, con el gran filósofo inglés Thomas Hobbes; la teoría de la risa y del humor a través de la incongruencia, con Kant; y, finalmente, la que comenzó Herbert Spencer, pero que fue mejorada por Sigmund Freud, de que la risa es una especie de descarga nerviosa que sirve para expresar cosas que, de otro modo, no expresaríamos.

—¿Cuál es la que más se aplica al humor que se utilizó en el mundo soviético?

Hay ejemplos para las tres. Sobre superioridad, hay muchos chistes en el mundo soviético acerca de los políticos, de los funcionarios o de los comunistas, contra los que el hombre común trata de mostrar su mayor sabiduría. En cuanto a la incongruencia, hay muchos chistes que la muestran entre el mundo oficial, lo que se puede leer en los diarios del partido, y la realidad concreta. Y finalmente está el pobre habitante de esos países que sufre y que utiliza el humor para descargarse. En realidad, uno podría decir que el humor en esos países es una combinación de muchos elementos.

—Usted cita numerosos ejemplos de esos chistes políticos llamados «anekdoty».

Hubo un mayor y un menor esplendor de esos chistes. En la época de Stalin se contaban, pero había que tener mucho cuidado porque uno podía ir preso. Muerto Stalin, una vez se relajó la situación en la Unión Soviética, especialmente a finales de la década de los 60 y de los 70, hubo una gran cantidad de chistes que se empezaron a contar. Cuando se terminó el régimen soviético, se acabaron los chistes.

En la década de los 90, empezaron a aparecer chistes que no eran políticos, sino sobre los nuevos ricos. Muchos exfuncionarios, la mayoría de ellos comunistas, se enriquecieron a través de sus contactos, de las privatizaciones, de las ventas de empresas estatales...

—Un artículo del código penal de la URSS castigaba los chistes.

Castigaba ese tipo de bromas porque eran consideradas como propaganda antisoviética. Todo lo que fuera en contra del Gobierno podía ser castigado con penas de prisión. Hay casos documentados no solo en la Unión Soviética, sino en cada uno de los países comunistas. En Hungría hubo más de 300 personas que fueron arrestadas. Uno también podía ir preso por no denunciar a quien contaba chistes políticos. Es más, había un chiste que contaba, sobre un canal muy importante que se hizo en la Unión Soviética [el canal Mar Blanco-Mar Báltico], que el margen derecho lo habían hecho los que contaban chistes y el izquierdo los que los escuchaban y no lo denunciaban.

—Había que andarse con ojo.

Exactamente. La gente se reunía en las casas con personas muy conocidas y amigas y con mucho cuidado de que no hubiera un infiltrado. Hace poco salió un libro de Orlando Figes que se ha traducido al español, «Los que susurran», titulado así porque la gente se tenía que esconder debajo de las camas, de las sábanas, para hablar de cuestiones políticas, ya que podía haber micrófonos en la habitación, principalmente en época estalinista. Después se aflojó un poco con Nikita Kruschev, en la década de los 50, y muy especialmente después del XX Congreso del PCUS de marzo de 1956, cuando Kruschev denunció las barbaridades cometidas por Stalin. Ahí empezaron a circular los chistes.

—Y Kruschev y Breznev se conviertieron en objeto de guasa.

Kruschev era descendiente de campesinos, un hombre muy pintoresco y gracioso. Quiso hacer crecer maíz en zonas donde era imposible, como en Siberia, pero fracasó y eso fue objeto de bromas. Breznev quería volver al estalinismo, a uno no tan sanguinario como el de la década de los 30, lo que se llama el estalinismo estancado, donde no te iban a meter preso por contar un chiste, pero sí en un hospital psiquiátrico. Muchos disidentes de esa época, en la década de los 60 y principios de los 70, iban a hospitales psiquiátricos porque quien criticara un sistema presuntamente perfecto, socialista y proletario, no podía más que estar loco.

—No consiguieron crear el «Nuevo Hombre» socialista, que también tendría un nuevo tipo de humor.

Exactamente. Y no pudieron crear ningún nuevo hombre soviético, como en la ex Yugoslavia no pudieron crear al hombre yugoslavo. Son muy pocos los serbios, croatas, macedonios, etc. que se autodenominaran yugoslavos, incluso en época de Tito. La mayoría mantenía la nacionalidad a la que pertenecía. Fracasó estrepitosamente. Lo más increíble de todo es que cuando cayó el Muro de Berlín, cuando implosionó la URSS, nadie en esos países levantó un solo dedo para defender el sistema que presuntamente era el socialismo, el paraíso de los trabajadores y de los proletarios.

—Volviendo a Breznev, parece que los chistes políticos tachaban de estúpidos a los más fanáticos.

Breznev era una persona de mucha edad, que empezó a tener problemas de senilidad y al que le costaba hablar. Muchas de las burlas dirigidas hacia él eran por ser una persona sin muchas luces. Pero en general los chistes soviéticos, las «anekdoty», no iban tanto dirigidos contra una persona, sino contra el sistema, contra la ineficiencia de la burocracia, contra las incongruencias.

—Esos chistes surgían de las clases populares, no de los intelectuales o de los escritores.

Había otra cosa que circulaba, los Samizdat, obras prohibidas en las URSS que no se editaban. Algunas personas que las tenían las escribían a máquina, haciendo la mayor cantidad posible de copias con papel carbónico. Pero eso era creación de los intelectuales, de los académicos, de la alta cultura. Los chistes eran una cuestión directamente popular.

Y se transmitían por vía oral...

Lo cual le daba una velocidad de transmisión sorprendente. Si había un chiste político en esa época, circulaba en dos o tres días. En todo el mundo soviético se conocían.

El intelectual Aleksandr Solzhenitsyn fue condenado a ir al gulag por bromear sobre Stalin en una carta privada.

Milan Kundera, ese gran escritor checo que se refugió en Francia después del 68, escribió la novela «La Broma», que trata de un estudiante en la Checoslovaquia comunista que le manda una postal a su novia donde hace una broma muy leve sobre Trotsky. Eso lleva a que la novia, que es una militante del Partido Comunista, lo denuncie, y a que ese muchacho, por haber hecho una broma muy tonta, sea expulsado de la universidad, del Partido, y le arruinen la vida. El tema de la disidencia en todos los países, se hiciesen bromas o no, era complicado. El mismo Václav Havel, que fue un disidente checoslovaco y el presidente allí elegido después de la caída del Muro, era escritor, y durante muchos años tuvo que limpiar vidrios en una fábrica por su disidencia.

Usted afirma que, según algunas teorías, la CIA o la KGB introdujeron chistes en esas sociedades.

Es cierto. Los gobiernos occidentales, especialmente Estados Unidos, inventaban o difundían ese tipo de chistes a esos países. Por otro lado, también se decía que la propia KGB los inventaba para que la gente se descargara.

—Conscientes de que el humor era inevitable, en la Unión Soviética y los países del bloque comunista se abrieron revistas satíricas para dirigir las bromas.

En la Unión Soviética, la más famosa de todas era la revista «Krokodril», un semanario humorístico. En cada uno de los países de la Europa central y oriental con estos regímenes apoyados por el Ejército Rojo, había alguna revista con chistes. Pero esos chistes estaban en su mayoría referidos al capitalismo y a los Estados Unidos, y a las políticas en favor de la guerra contra el capitalismo. Había un pequeño porcentaje que criticaban a pequeños burócratas, a trabajadores que no hacían bien a su trabajo, pero jamás al Partido, a los líderes políticos o al sistema. Y esas revistas eran muy populares, porque eran cómicas.

—¿Quién las controlaba?

Cada una de esas revistas era una rama del Partido Comunista. Y no iban a admitir ninguna clase de crítica ni al sistema ni a los políticos.

—Nada que cuestionara el comunismo de raíz.

Efectivamente. Solo pequeñas críticas a funcionarios, a burócratas o a trabajadores que no cumplían bien con su trabajo.

—El humor judío sí creó chistes que atacaban de forma radical al régimen. ¿De dónde procede?

El humor judío, a diferencia de otros tipos de humor, es muy autocrítico. La influencia del judaísmo dentro de toda Europa central y oriental, ya no solamente en Rusia, sino también en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Alemania y Austria, ha sido muy importante. Una de las características de los judíos es saber reírse de sí mismos, cosa que muy pocos pueblos hacen, y eso está reflejado en los chistes políticos.

—Criticaban también el antisemitismo de la Unión Soviética.

Stalin era muy antisemita. Antes de morir quiso hacer una limpieza de los médicos, porque hablaba de una conjura, y condenó a muchísimos. Había persecución, porque si eras judío te consideraban alguien que no estaba a favor de la Unión Soviética, y si no estabas a favor de la Unión Soviética eras un enemigo.

Los judíos, en un principio, no podían salir de la URSS, hasta que se aflojaron las prohibiciones a finales de la década de los 60 y empezaron a ir a Israel. Lo paradójico es que hay muchos casos de rusos que no eran judíos, pero para poder abandonar la URSS dijeron serlo.

—Con la desintegración de la Unión Soviética y del bloque comunista, todo el humor político se esfumó.

Cuando acabó el régimen, en todos los países se terminó el humor político de tipo soviético. Dentro de una o dos generaciones, para que lo entienda alguien, va a haber que explicarlo, y si explicas un chiste pierde la gracia.

—¿Se puede decir que los chistes fueron una forma de resistencia?

Hay varias teorías sobre si sirvió para algo. Está la que te dice que no, que absolutamente para nada, y la que te dice que sí, que gracias al chiste político cayó el Muro de Berlín e implosionó la Unión Soviética. Son dos extremos. Obviamente, hay algo en el medio que dice que quizá los chistes sirvieron para los habitantes que vivían en esos regímenes se descargaran. Otros dicen que era una manera de resistirlo y criticarlo.

Al final del libro, digo: ¿Por qué cayó el Muro e implosionó la URSS? ¿Por las políticas de Gobarchov? ¿Por la política de la guerra de las galaxias de Ronald Reagan, que llevó a la economía soviética al desastre? ¿Por el desastre burocrático? ¿Por Afganistán, que para los soviéticos fue peor que Vietnam para los estadounidenses? ¿O por la política del Papa polaco, que era muy anticomunista? Yo digo, un poco en broma y exagerando, que lo que hizo que cayera fueron los chistes, pero fue por una multitud de causas. Los chistes sirvieron para desacreditar al régimen.

Fuente: ABC.es

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