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11 febrero 2017 6 11 /02 /febrero /2017 14:37
Los ‘chivatos’ tienen el visto bueno del régimen cubano

Por: Iván García Quintero

 

Hace siete años, cuando el rugido de los vientos de un huracán asolaba La Habana y el agua se le filtraba a Lisván, trabajador privado, por la puerta sin cristales de la sala de su hogar, un apartamento de paredes ennegrecidas que con urgencia necesitaba una reparación a fondo, la situación de su vivienda no le interesaba a los delatores habituales de la cuadra donde reside.

“Cuando comencé a tener éxito en mi negocio y pude remozar el apartamento, desde el sistema eléctrico, plomería, pisos nuevos, pintar todas las habitaciones hasta enrejar las ventanas y el balcón, empezaron las denuncias. Lo que en otro país es un orgullo que un ciudadano pueda dejar atrás la pobreza y mejorar su calidad de vida, en Cuba, entre no pocos vecinos del barrio, eso despierta tanto resquemor y envidia que los lleva a realizar delaciones anónimas”, dice Lisván.

Tantos años de control social por parte del régimen ha transformado a un segmento de cubanos en personas acomplejadas y con doble moral. “Y sinvergüenzas al cubo”, añade Lisván. Y cuenta que “hace dos años, cuando estaba poniendo un piso nuevo, mi esposa me traía las cerámicas en un transporte de su empresa, autorizada por su jefa. Pero una vecina, ahora en silla de ruedas y casi ciega, llamó al DTI para denunciarme, acusándome de tráfico de materiales de construcción”.

Por suerte, Lisván tenía los papeles de las lozas, compradas en pesos convertibles en una tienda estatal recaudadora de divisas. Pero la denuncia provocó que a su esposa le quitaran el auto que manejaba. En días recientes, mientras le colocaban una reja al balcón, para resguardarse de los robos, un vecino llamado Servilio, lo denunció a la oficina de la vivienda, por cambiar la fachada del domicilio y a la empresa eléctrica por presuntamente utilizar electricidad del servicio público. “El tiro le salió por la culata, pues todo estaba en regla, y los propios inspectores me dieron el número telefónico del denunciante, que por cobardía lo hizo de manera anónima”, concluye Lisván su historia.

Según Fernando, instructor policial, las denuncias anónimas son frecuentes en el departamento de investigación donde trabaja. “Gracias a esas denuncias comenzamos a investigar casos como el del reguetonero Gilbert Man, que defraudó cientos de miles de dólares en Estados Unidos. La gente informa sobre cualquier cosa: una fiesta que les parece suntuosa, alguien que compró carne de res en el mercado negro o una persona que a diario bebe cerveza y no trabaja. Es demencial. La chivatería en Cuba a veces llega a los extremos”.

Cuando se le pregunta por las causas que motivan la chivatería, esquiva el bulto. “Por envidia o manía de denunciar. Casi siempre esas personas están resentidas y frustradas y suelen vivir pobremente o tienen muchas necesidades materiales. Y no pocas veces el denunciante también comete ilegalidades”, confiesa el instructor policial.

Carlos, sociólogo, considera que la delación a gran escala, como durante décadas ha ocurrido en Cuba, es materia de estudio para especialistas. “Pero en los últimos tiempos, con la apatía generalizada de la población por la ineficacia del sistema, la crisis económica dilatada y la falta de libertades económicas y políticas, si los comparamos con los años 60, 70 y 80, la delación ha disminuido”. Y agrega:

“Es cierto que en sus inicios la revolución fue fuente de derecho. Pero también destrozó en pedazos tradiciones arraigadas y comportamientos sociales. Fidel Castro catapultó la delación en nombre del imperialismo yanqui, de los enemigos de clase y como forma de proteger la revolución”, señala Carlos.

En Cuba, los CDR (Comités de Defensa de la Revolución) son la base de la vigilancia colectiva en las cuadras y barriadas de los 168 municipios existentes en la Isla. Los Comités lo mismo ofrecen información al Departamento de Seguridad del Estado sobre un disidente, que elevan a categoría de ‘informe secreto’ chismes infundados o infidelidades de pareja.

“En este siglo XXI, donde se han acrecentado las desigualdades, los fidelistas más intransigentes que aún se localizan en cuadras y barrios, continúan con las denuncias. Se mezclan varias cosas, desde bajas pasiones a inadaptación a los nuevos tiempos que corren. Pasarán años para que esa nefasta costumbre desaparezca”, resume el sociólogo habanero.

Diana, ingeniera, recuerda la etapa en que el Estado otorgaba una semana de vacaciones en la playa, un televisor, un ventilador o una cafetera. “Las broncas solariegas que se armaban en las asambleas sindicales, para decidir quien debía ser premiado, eran de coger palco. Daba vergüenza. Aquellos lodos han traído estas aguas”.

Es probable que en Cuba, si apostamos por la democracia y tenemos la suerte de elegir buenos gobernantes, salgamos adelantes en el terreno económico y el país comience a desarrollarse y progresar.

Pero el daño que la delación, con el visto bueno de la autocracia verde olivo, ha hecho a la sociedad cubana es antropológico. Recuperar un puñado de valores interpersonales tardará tiempo. Quizás una década. O más

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