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23 junio 2017 5 23 /06 /junio /2017 11:15

A 30 años de la Glásnost, una mayor circulación de información en la Isla no ha debilitado al castrismo

 

 

En la Rampa habanera, en busca de Wifi (foto: AFP)

 

La Habana/ 23-6-2017

En Cuba, durante bastante tiempo, pareció lógico creer que, dado el profundo temor que siempre mostraba el gobierno por la libre información, bastaba cierta circulación de datos y noticias no controlados para que el castrismo comenzara a desintegrarse.

Durante gran parte de la revolución, el partido comunista logró evitar con notable éxito que a los ciudadanos cubanos les llegara información sobre la que él no tenía control, tanto la que provenía del exterior como la que se generaba precisamente dentro del país. La verdad era un arma del enemigo y con ella no se podía construir un sistema político tan ajeno a la naturaleza humana como el comunismo.

El dominio sobre todos los medios masivos de comunicación era tan férreo que, para conocer algunas noticias sobre lo que ocurría de veras en otros países o para escuchar la música que más sonaba en el mundo, tenía uno que sintonizar emisoras extranjeras de manera preferiblemente clandestina.

En la segunda parte de los ochenta, todo empezó a complicarse para el gobierno. Surgió Radio Martí, con su temible eslogan “la información es poder” y con una señal tan fuerte que podía captarse claramente en casi todo el país. Comenzó también en la Unión Soviética una renovación encabezada por Mijaíl Gorbachov donde la transparencia informativa cobró gran importancia. En Cuba, además, echó a andar definitivamente el periodismo independiente.

Comenzaron entonces, por supuesto, a darse algunos acontecimientos e incluso algunos cambios importantes en la vida social, cultural y política del país, que fueron en gran parte consecuencia de una inusitada circulación de la información. Los testigos de aquello que comenzó hace treinta años con la perestroika y la Glásnost nunca olvidaremos las esperanzas que trajo.

La gente acudía como nunca a los estanquillos solo para comprar la prensa que venía del “campo socialista”. El gobierno ordenó desaparecer publicaciones soviéticas como Sputnik, Novedades de Moscú o Literatura Soviética, además de innumerables revistas de otros países de Europa del Este, pero eso no impidió que siguieran creciendo las expectativas de cambios.

Tan insoportable como la posterior decisión del líder soviético de retirar sus tropas de Europa del Este, debió resultar para Fidel Castro que Gorbachov declarara a la revista Time que “detestaba mentir”. A la Glásnost, de hecho, el Comandante la llamaba burlonamente “la mujer de otro”. Por eso, en el cacareado “proceso de rectificación de errores” en la Cuba de entonces no hubo nada parecido a un adulterio.

Ya desde antes de las reformas en la Unión Soviética y en otros países de su bloque existió el fenómeno de las publicaciones clandestinas, que en Cuba no se dieron con notable impacto. Cuando terminaron los 70 años de falsas noticias en la URSS, aquella búsqueda clandestina de la verdad afectó el modo en que ocurrió el colapso, pues los disidentes habían creado la expectativa de que un nuevo lenguaje era posible, expresando la realidad sin filtrarla por el poder.

Finalmente cayó el muro de Berlín y desaparecieron el “socialismo real” y la propia Unión Soviética. Aquí, nos pareció que veíamos un destello al final del túnel. “Ya viene llegando”, cantaba Willy Chirino. Muchos creyeron que el derrumbe del castrismo era cuestión de días, o al menos solo de meses. No era una ilusión gratuita. Tan asombrosa como la caída del comunismo fue la supervivencia de este gobierno totalitario.

La Cuba de finales de los ochenta, recordemos, estaba muy viva. En los ámbitos de la política y de la cultura, en la sociedad y en la mente de las personas, ocurrieron cambios como no se habían dado nunca en treinta años de revolución. Pero llegaron los años noventa y llegó el abismo; llegó la miseria total, la muerte y la fuga.

Desde entonces, en el alma de muchos cubanos, este país es solo una catástrofe de la que hay que escapar, incluso cuando no puedan salir de aquí. Y, 30 años después, en Cuba, el ciudadano real casi ha desaparecido; no hay nada parecido a una intelectualidad, la sociedad civil al margen del régimen está bajo enormes presiones, como el activismo político, que no ha podido alcanzar la fuerza necesaria.

Actualmente, pese a la censura y el control gubernamental, en nuestro país hay mayor circulación de información libre que nunca antes en casi 60 años, sobre todo a través de medios digitales. En realidad, es muy difícil a estas alturas no encontrar de alguna manera lo que uno quiere saber.

Pero esa mayor libertad informativa —aunque tenga efectos muy desagradables para el régimen que este siempre tratará de evitar o minimizar— no ha conseguido el impacto esperado y no ha debilitado mortalmente a la dictadura, sobre todo porque no ha habido una estrategia efectiva para encauzar la necesidad de cambios profundos.

El poder de la información fue muy sobrevalorado por muchos. Es evidente que gran cantidad de personas puede juzgar ahora con innumerables elementos a su alcance y obtener mayor certeza sobre cualquier tema, pero eso no implica un cambio cualitativo ni una progresión esencial. Poder saber la verdad no basta si esa verdad no importa lo suficiente. Saber dónde se está no es lo único necesario para saber a dónde ir.

Fuente: Cubanet.org

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