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15 junio 2017 4 15 /06 /junio /2017 11:57
Siete novelas y una sinfonía sobre la Revolución Rusa

Por: Santiago Navajas

Madrid/ 15-6-2017

 

En 1960 Shostakovich lloraba desesperado. Había conseguido sobrevivir a Lenin y Stalin pero ahora que con Jruschov parecía que las cosas iban a ir mejor, o menos mal, se encontraba entre la espada y la pared. No tuvo más remedio que afiliarse, ay, al Partido Comunista y, horror, componer una sinfonía en honor de Lenin (ya tuvo que dedicarle la 2ª) para conmemorar la fecha de su nacimiento. La duodécima, titulada El año 1917, termina con un último movimiento titulado El amanecer de la Humanidad en el que una música fúnebre acaba siendo una fanfarria épica. ¡Dan ganas de hacerse comunista! Si no fuese porque un oyente atento interpretaría de forma oblicua todos los pretendidos cantos de sirena bolchevique. La ironía críptica es la mejor (¿la única?) defensa contra la amenaza totalitaria. Dicha clave, la lectura entre líneas, también es fundamental para enfrentar las siguientes novelas, oasis de libertad en mitad del desierto de la revolución bolchevique y su impacto en la historia.

En plena represión estalinista el mismísimo diablo, que escoge para la ocasión como nombre "Woland", se presenta en Moscú acompañado de un séquito infernal (en el que está el mismísimo Immanuel Kant, que desayuna todos los días con Satán). Este es el núcleo de la trama de El Maestro y Margarita, novela de uno de los innumerables escritores represaliados por los comunistas tras la revolución de otoño de 1917 que acabó con la incipiente democracia liberal que había sucedido, a su vez, al régimen zarista. La misión de Bulgakov, que así se llamaba nuestro héroe literario, era preservar a través del arte el espíritu humanista que los comunistas pretendían destruir en el altar del materialismo dialéctico de impronta marxista. Frente a la pureza totalitaria del "hombre nuevo" comunista, Bulgakov oponía la impureza liberal del hombre de carne sufriente y huesos rotos pero, a pesar de todo, compasivo

Bueno, son hombres como todos... Les gusta el dinero, pero eso ha sucedido siempre... (...) Bueno, son frívolos..., ¿y qué? ... La piedad llama también a veces a sus corazones... Son seres corrientes, recuerdan a los de antes, lo único es que el problema de la vivienda los ha echado a perder…

Si Bulgakov sitúa en lo más álgido del totalitarismo comunista su novela, George Orwell buceó en sus orígenes a través de la farsa política en Rebelión en la granja. Los animales se rebelan contra sus amos en nombre de la igualdad entre todos los "seres sintientes" pero inmediatamente surgen jerarquías dentro de las filas animalistas. En particular, unos cerdos (trasuntos de Lenin, Stalin y Trotsky) toman el control de la situación y en nombre de la eficiencia y el igualitarismo implantan un régimen despótico. Orwell critica la dictadura, el culto a la personalidad y el reino del terror que fueron las características de la revolución desde Lenin. El título alternativo que sugirió el propio Orwell fue Unión de Repúblicas Socialistas Animales.

Allí no había nada excepto un solo Mandamiento. Éste decía:

Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Bulgakov hizo una farsa y Orwell una sátira pero Pasternak sublimó el terror en amor y el materialismo en misticismo en la romántica Doctor Zhivago, un estilizada defensa de las pasiones en medio del páramo de cinismo con el que los comunistas pretendieron sepultar lo que denominaban "espíritu burgués". Zhivago, médico y poeta, atraviesa uno de los períodos más negros de la historia humana como un ángel enamorado, salvaguardando en mitad de la tundra y de un Moscú cegado de miseria y plagado de delatores su amor por Lara. En aquellos tiempos en los que lo más fácil era que te condujesen a Siberia por un pensamiento heterodoxo en política, Zhivago se preocupa por cuestiones más trascendentes

Explícame qué cosa es el pecado,
la muerte y el infierno, azufre y llama,
cuando bajo los ojos de la gente
en mi angustia, no me he unido
a ti como el retoño se une al tronco.

Un efecto colateral de la revolución rusa fue causar que dos escritores rusos se volviesen furiosamente anti comunistas. Uno de ellos, Vladimir Nabokov, es uno de los más finos estilistas del siglo XX y el que compuso la distopía de mayor calidad literaria, Barra siniestra, su primera novela norteamericana en la que cuenta la historia de un filósofo al que el gobierno totalitario de su país trata de captar para unirse al Partido del Hombre Normal. Sin embargo, resistirá amparado en su inteligencia hasta que el régimen es capaz de quebrarlo llegando a su punto "frágil": su hijo. Pero como Nabokov le reveló a su editor "uno de los temas principales de Barra siniestra es la condena vehemente de cualquier dictadura, incluso las tendencias dictatoriales en un orden no dictatorial". Porque Nabokov plantea la inquietante tesis de que la esencia del totalitarismo no reside sólo en la revolución bolchevique de la que escapó su familia sino que late más o menos adormecida en cualquier sociedad democrática. Tema que ya había tratado en una de sus novelas en ruso: Invitado a una decapitación. Por cierto, Nabokov detestaba a Pasternak y su Zhivago al que consideraba "Convencional y monótona, basura melodramática, falsa e inepta).

Menos libros y más sentido común: éste es mi lema. Los hombres fueron creados para vivir juntos, para hacer negocios los unos con los otros, para hablar, para cantar canciones en común, para reunirse en los clubs y en los almacenes... y en las iglesias y en los estadios los domingos... y no para estar sentados a solas, rumiando ideas peligrosas.

Ayn Rand, una escritora "de ideas"

El otro escritor ruso, o mejor dicho "la otra" fue Ayn Rand, una escritora "de ideas" que plasmó con toda la contundencia filosófica posible a la Rusia post revolucionaria en su obra Los que vivimos. Frente al colectivismo social y la tiranía política de los bolcheviques, Ayn Rand describe a sus protagonistas como poseídos de una férrea resistencia en sí mismos, en su sentido de la dignidad y del amor propio. Paradójicamente la novela que mejor describe el opresivo clima totalitario implantado por los comunistas es también la que mejor se ajusta a los parámetros estéticos del costumbrista y pedagógico "realismo socialista"

El camarada Lenin había sufrido un segundo ataque: había perdido el habla. Pravda decía: "No hay sacrificio más alto a la causa del proletariado que el de un jefe que consume su voluntad, su salud y su cuerpo entero en el sobrehumano esfuerzo de las responsabilidades confiadas a él por los obreros y campesinos." Víctor invitó a su cuarto a tres estudiantes comunistas y estuvo discutiendo con ellos acerca de la futura electrificación proletaria. Para evitar a Vasiü Ivanovitch, les hizo salir por la puerta del servicio. Inglaterra maquinaba alevosías contra la República de los Obreros y los Campesinos. En las escuelas se prohibía la enseñanza del inglés.

Si Orwell, Nabokov y Rand vieron venir desde el principio el horror comunista, Arthur Koestler pertenecía a los idealistas que sinceramente creyeron que el paraíso iba a ser construido en la Tierra. Cuando el sueño se transmutó en pesadilla no tuvo reparos ni le tembló el pulso en contarlo en Darkness at the noon (traducido épicamente como El cero y el infinito en lugar del más literal Oscuridad al mediodía), donde cuenta la historia de un miembro destacado de la revolución bolchevique (Bujarin por ejemplo) que finalmente es devorado por la misma maquinaria totalitaria que había ayudado a construir acusado de conspirar a favor del capitalismo: se podría haber llamado, en plan nabokoviano, Broma siniestra. Más profundamente es una denuncia del colectivismo que trata de anular el "espíritu burgués" en lo que significa de individualismo y de voz personal.

Todavía no se ha dado cuenta de lo poco que influye para su libertad que sea realmente culpable o no lo sea. No tiene idea de los intereses más altos que están en juego. Lo más probable es que esté en este momento sentado en su camastro, escribiendo su centésima protesta a las autoridades, que éstas no leerán jamás, o la centésima carta a su mujer, que nunca recibirá; se ha dejado crecer la barba en su desesperación (una barba negra a lo Pushkin), ha tomado la costumbre de no lavarse, de morderse las uñas y tiene sueños eróticos en pleno día. Nada es peor, en la cárcel, que la conciencia de la propia inocencia, porque impide la aclimatación y mina la moral...

La intelligentsia rusa todavía está discutiendo si Vasili Aksiónov es un escritor anti totalitario o un traidor a la Madre Patria. Una saga moscovita, su obra cumbre, fue comparada a una combinación de Doctor Zhivago y Guerra y Paz; una especie de gran fresco decimonónico en el que la historia de la Unión Soviética se planteaba desde la óptica de una familia, los Nikítovich, desgarrada por los lazos de sangre, las afinidades electivas y las fidelidades ideológicas.

El ardor revolucionario pertenece ya al pasado... No es el marxismo el que vencerá sino la electrotécnica. Mire a su alrededor, sir, todos estos cambios sorprendentes. Aún ayer reclamaban el comunismo instantáneo, y ahora florece la propiedad privada. Ayer exigían la revolución mundial, y hoy sólo buscan contratos de concesión con la burguesía occidental. Ayer predicaban el ateísmo militante, hoy el "compromiso con la Iglesia"; ayer proclamaban un internacionalismo desenfrenado, hoy "se consideran las actitudes patrióticas"; ayer se pregonaba el antimilitarismo y el antiimperialismo sin objeción, se manumitía a todos los pueblos de Rusia, hoy "el Ejército Rojo es el orgullo de la Revolución" y el aglutinador, de hecho, de todas las tierras rusas. El país se halla inmerso en su misión histórica ancestral: Eurasia...

Del "sangriento curso" al "sandwich de caviar"

En Habla, memoria, su autobiografía de los "años rusos" Nabokov recordaba aquella revolución siniestra con un fogonazo irónico: del "sangriento curso" al "sandwich de caviar", el terror nunca acabará de prevalecer del todo mientras ante el pelotón de fusilamiento aún quede fuerza para hacer una broma, sí, pero sutil e inteligente.

La revolución de noviembre había iniciado ya su sangriento curso, su policía ya empezaba a actuar, pero durante aquellos días el caos de órdenes y contra órdenes acabó favoreciéndonos; mi padre avanzó por un oscuro pasillo, vio una puerta abierta al final, salió a una calle secundaria y se encaminó hacia Crimea con una mochila que, cumpliendo sus órdenes, su criado Osip le llevó a un rincón escondido, junto con un paquete de emparedados de caviar que el buen Nikolay Andreevich, nuestro cocinero, había añadido por su cuenta.

Fuente: Libertad Digital

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