De vez en vez en las conversaciones de los cubanos sale a relucir la incógnita de cuándo nos convertimos en
dos países, dos ciudadanos, dos modos de divertimos, sufrir o vivir, simplemente. Hay quienes que dicen que fue por el año 1 989, cuando las utopías y las inocencias se dieron de bruces contra
el vano de un muro que no existía hace mucho tiempo.
En Cuba, los sabihondos del barrio aseguran que fue por el año ‘92. Comienzan las discusiones y con ellas los mapas versionados donde la calamidad individual se une sin costuras visibles a la
calamidad colectiva. Si hubo un Período Especial… cómo se llamó el anterior?
Dos modos de hacer turismo: las playas vedadas a los cubanos y unas cabañas de palo en el ‘campismo popular’ para la vanguardia socialista y proletaria; un manojo enorme de canales en la
televisión satelital de los hoteles de lujo y ese insulto televisivo, versionado en cuatro misiles que repiten lo mismo cada día y no hay quién se los dispare; aviones, autos y autobuses
confortables y seguros contra vehículos re-parcheados y atornillados a la nostalgia de los años cuarenta; doble alimentación: la que debe consumir cualquier ser humano, sin que para ello deba
prostituirse y la otra, esa que nos vendieron envuelta en el más criminal racionamiento colectivo (un aceite apestoso para lubricar las tripas, granos y algo de azúcar parda) y que aceptamos
como un acto de subsidiaridad estatal sin precedentes históricos. Un parlamento, un partido Único que juegan a gobernar, que sueñan con el respeto y reconocimiento popular y se hunden en la
máscara anónima que les desangra en la peor corrupción, cuando del otro lado los
ciudadanos-hormiga levantan los cimientos de una sociedad civil que más temprano que tarde terminará imponiéndose. . . si logra escapar de las golpizas, la prisión y el escarnio público.
Dos modos de aplaudir: aceptando todo con resignación, apretando los dientes y cerrando ojos y oídos ante los monigotes de turno, diciendo que sí, pero que no, diciendo que no, pero que Sí.
Gritamos alto en la plaza, a rabiar, hasta despellejarnos las manos de tanto odiar y envidiar al vecino, pero mascullamos nuestro fracaso frente al fogón de leña, en silencio, para que no se
nos escape la última cuota de respiración, como al que le duele la vida, como el que tiene la gran culpa.