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5 septiembre 2011 1 05 /09 /septiembre /2011 06:22

05/09/11

Mantienen un apretado cerco sobre los últimos bastiones kadafistas en Bani Walid y Sirte, lugar de nacimiento del dictador y en donde podría ocultarse. No buscan combatir en esas ciudades, sino atrapar al ex líder libio y a sus herederos.

 

PorMarcelo Cantelmi
Bani Walid. Enviado especial

 

En la ruta en pleno desierto que lleva a esta pequeña ciudad al sur de Trípoli todavía en manos de los retazos de la dictadura, no es claro si lo que los rebeldes están montando es una batalla o una cacería. En Bani Walid, Sabha o Sirte, los tres puntos al este o al sur de Libia donde resisten aún los leales al régimen derrocado, corre el dato de que se oculta Muammar Kadafi y su hijo Saif o también, quizá, el otro, Saadi.

Si van sobre esas ciudades es para cazar a ese trío.

El arresto de uno o todos de los integrantes de ese clan es un premio que supera la importancia de la conquista militar de estos últimos objetivos territoriales. Aquí ya nadie duda, además, que es cierta la versión de que un tercer retoño del dictador, Khamis, el más guerrero y despiadado de la prole, está también en esta ciudad pero en una tumba después de ser acribillado en los feroces combates de la segunda quincena de agosto, que acabaron con la caída de Trípoli.

Este enviado llegó ayer casi hasta las puertas de Bani Walid después de recorrer 150 kilómetros de desierto desde la capital libia. El camino con algunos camellos negros parados displicentes en la ruta y tormentas de arena, estaba plagado de barreras de seguridad de la milicia rebelde que iba creciendo en número de efectivos y pertrechos mientras se llegaba hasta el último punto que se permitió alcanzar a los periodistas, a 15 km. del perímetro urbano.

Ayer por la mañana finalizaba un ultimátum para que los vecinos alzaran una bandera de la revolución, señal de que aceptaban las nuevas reglas nacionales . Pero las negociaciones fracasaron, no es muy claro el motivo. Tanto ahí como en las otras ciudades que no se ciñen al comando rebelde, se produjeron algunos combates. Fueron de tamaño menor pero esos cruces preanunciaban las formas que podía tomar en las próximas horas el asalto sobre este saldo de la crisis que desde hace seis meses ha venido transformando a Libia. Por la noche, varias aldeas en los alrededores ya estaban en manos de los rebeldes pero sin disparos y se cerraba la pinza sobre los 50.000 habitantes de Bani Walid .

Abdala, un muchachito con fusil al hombro, un excelente inglés y tono muy ejecutivo, se ocupó de ordenar a los periodistas en el lugar, ofrecerles agua y algo de comida y aclarar con insistencia que la intención, fuera de los ultimátum, era evitar lo máximo posible un ataque directo. Este soldado, como el mismo se autodenominaba, así como otro de sus compañeros, más grande y robusto, dijeron que calculaban en un centenar la milicia kadafista en la ciudad. Ese número surgía de las informaciones que les transmitían sus parientes, padres, madres, primos y amigos. Toda esa milicia que esperaba en la ruta y alistaba la munición para sus grandes ametralladoras, son de Bani Walid, y en su gran mayoría también integran la tribu Warfalla, la mayor del país, basada en ese lugar y otrora aliada del dictador que, a su vez, pertenece a la tribu Gadafa con sede en Sirte.

“Es que no queremos atacar, son nuestros hermanos”, explicaba Abdala ayer, desnudando la controversia que enfrentaba esta gente. Cerca de donde hablaba Abdala había un acantonamiento donde dormían ayer a la tarde una docena de milicianos. En todo el lugar se veían montones de camionetas artilladas, cajas con munición de largo tamaño y montañas de fusiles. Si este chico y su compañero no mentían, la diferencia en poderío era enorme. Los rebeldes se contaban en un millar, diez veces más que los que se parapetaban adentro. Ambos milicianos no rechazaron la versión sobre que el dictador y parte de su prole pudieran estar ahí, guarecidos. Ambos lo creían.

“El blanco son ellos, no nuestros hermanos” , reconoció de inmediato uno de los oficiales revolucionarios abriendo los brazos en un gesto de obviedad.

Esta guerra ha ido mutando en formas cada vez más complejas. Aquí nadie espera un contraataque fatal de los residuos de la dictadura desde las ciudades que aún desafían a los rebeldes. La existencia en la clandestinidad del déspota es una amenaza que no se discute, pero tampoco se calcula ese riesgo al punto que pueda atropellar a las flamantes autoridades revolucionarias. Pero la cabeza de Kadafi y su prole sería la llave simbólica que cerraría este capítulo.

Por eso esto se ha transformado en una cacería que si no se define en Bani Walid seguirá en cada uno de los sitios donde más temprano que tarde, están seguros, al dictador se le acabarán las madrigueras.

 

Enfermeras

Oskana Balinskaya, de nacionalidad ucraniana y 25 años, es enfermera y durante dos años estuvo cuidando la salud de Muammar Kadafi junto a cuatro enfermeras más. “Nos dio trabajo, dinero y buena vida”, dice en nombre de todas, quienes lo admiran y guardan buenos recuerdos de él. Balinskaya confesó en una entrevista con CNN que llamaban a Kadafi “papi” y que gracias a sus controles gozaba de buena salud.

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